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martes, 3 de noviembre de 2009

EL LADRÓN DE SUEÑOS (8)

Transcurrió una semana sin ninguna novedad reseñable. Mi único contacto con la tripulación se producía cuando me servían las comidas, puntualmente en mi camarote. Pasaba solo la mayor parte del día en mi deprimente habitáculo y cuando salía al exterior no tenía por qué preocuparme de acatar las órdenes del capitán, el resto de marineros ya se ocupaban de esquivarme a mi paso. Rechazo que no dejaba de producirme cierta inquietud y un poco de desasosiego.

Una noche en que dormía profundamente me despertó un extraño sonido. Era como un quejido lastimero, un apagado aullido que iba perdiendo el tono poco a poco. Abrí los ojos y permanecí mirando el sucio techo durante un rato, pendiente de verificar que lo que había oído no era en sueños. Lo volví a oír, esta vez mucho más cerca. Me levanté de un salto, encendí la luz y poniéndome mi chaqueta de lana salí al exterior.

La noche era fría pero clara, una inmensa luna llena daba luces y sombras en cubierta. De nuevo sonó el extraño aullido y ahora descubrí que provenía del mar. Me asomé por la sucia barandilla de la borda con una expresión de curiosidad y miedo a la vez. Escruté con nerviosos ojos las infinitas aguas que se extendían ante mí. A lo lejos divisé un lento movimiento, unas sombras gibosas se aproximaban hacia el casco del barco. Retrocedí un paso con el corazón paralizado por el terror. Ahora podía confirmar que el extraño aullido lo producían las cosas que se acercaban, lenta pero inexorablemente estaban llegando hasta donde yo me encontraba. Ya podía distinguir unas extrañas siluetas que parecían tener forma humana. Di otro paso más hacia atrás, esta vez lleno de un profundo terror. Me giré para salir corriendo cuando me di de bruces con el capitán que estaba a mi espalda.

-¡Atrás capitán,…se acercan! Mire por la borda –dije con una angustiosa voz de pánico.
-¿Qué tengo que mirar? –me dijo el capitán con una voz de superioridad.
-Aquellas sombras que se acercan por… -dije mirando en dirección al mar, pero éste estaba tranquilo, solo se veía la luna reflejada en las mansas aguas-. Le juro que estaban ahí, varias sombras…-me callé, pues el capitán me miraba con cara de incredulidad.
-¿No habrá confundido delfines con fantasmas, señor Howard? –me dijo con un tono ciertamente irónico.

Lo pensé y el capitán debía tener razón. Sin duda me había sugestionado enormemente. Algo debía haber estado soñando, luego la luminosa noche, las sombras que producía la luna llena y unos delfines hicieron el resto. Estaba tremendamente avergonzado.
-Lamento el espectáculo que he ofrecido, capitán.
-No lamente lo que acaba de ocurrir. Mejor discúlpese por haber roto una de las normas.
-No se a qué se refiere –aunque en el fondo sí lo sabía.
-Creo que recuerda hace unas dos semanas a alguien escondido tras unos fardos espiando. ¿Le suena señor Howard? –otra vez aquel señor Howard. Cuando el capitán se sentía seguro me lo lanzaba con tono de superioridad.
-No podía dormir…
-Howard, si no respeta las normas no podré protegerle –estas palabras no las dijo con tono irónico de superioridad. Esta vez sonaba a consejo paternal. Y viniendo del capitán no pude hacer más que escuchar con mucha atención.

Ahora el capitán varió su discurso, moduló su voz para contar una historia, su historia.
-Howard, usted es un hombre de cultura, por lo que no juzgará negativamente esta historia que le contaré. Nací a finales de mil ochocientos setenta y tantos, no recuerdo exactamente el año, pero sí que fue hace mucho tiempo, en la costa de Nueva Inglaterra. Mi padre pasaba la mayor parte de su tiempo bebiendo, por lo que fue mi madre quien se ocupó de mí y de mis siete hermanos. Yo era el mayor de todos y ya desde pequeño tuve la responsabilidad de colaborar para sacar adelante mi familia. Primero como estibador en el puerto. Luego, una vez murió mi padre, me dediqué a otros “trabajos” menos legales. Así empezó mi carrera como contrabandista, unas veces eran alimentos y otras como en este caso licores. No conozco otro oficio, en definitiva un modo de ganarme la vida, fuera de la ley, pero sin hacer daño a nadie. Siempre he sido el responsable de mi vida, nunca he permitido que nadie decidiera por mí –hizo una pequeña pausa y prosiguió-. Entenderá Howard, que tratar con estos rufianes no es nada fácil. Para mantener una disciplina hay que usar de mano dura con ellos. Así lo fui aprendiendo, la vida es la mejor universidad, y usted me disculpará por hablar en estos términos, pero quien no aprende de la vida termina siendo engullida por ella. Hay que tomar nota de cada señal que nos da, pues posiblemente no nos dé un segundo aviso. La experiencia me ha demostrado que la única forma de mantener el control en estos negocios es no ser blando, ser inquebrantable con las decisiones que se toman.

El capitán se sentó en unos cabos que enrollados y amontonados formaban una especie de taburete. Se encendió un cigarrillo, expulsando el humo con parsimonia.
-Siéntese, Howard –me dijo, señalando otros cabos dispuestos de la misma forma.
-Gracias, capitán.
-¿Por qué le cuento todo esto se preguntará?, porque no soy el único que se ha enterado de su correría nocturna Howard. La tripulación sabe lo que no debería, que usted conoce cual es nuestra carga y a qué se dedica este navío. Y están intranquilos, se encuentran muy nerviosos. Conozco a este tipo de personas como si fuesen mis hijos, sé cuales son sus pensamientos y sus reacciones. Y Howard, ambos son de lo más primario, de lo más instintivo. Comentan entre ellos, los he sorprendido formando corros, conspirando. Me gustaría equivocarme, pero lo sé, el siguiente paso será pedirme que lo arroje por la borda. Los podré controlar por un tiempo, no sé cuanto, pero lo intentaré hasta que lleguemos a Londres. Lo contrario supondría un motín, una rebelión para hacerse con el barco.
-¿Por qué lo hace, por qué me defiende si no me conoce capitán? Otra opción sería aceptar la propuesta de sus marineros ¿no? Así se ahorraría usted muchos problemas –dije, intentando llegar a las conclusiones últimas del capitán.
-Howard, aunque usted crea que soy una persona sin principios, los tengo. Cumplo unas leyes que son las del mar, pero a diferencia de esta chusma, sigo unas normas que para mi son inmutables y entre ellas está la palabra dada. Le dije que le llevaría a Londres y así lo haré. Además aceptar las condiciones de ellos sería recortar una parte de mis poderes y dárselos a ellos. Al final el resultado vendría a ser el mismo, pues ellos seguirían reclamando más poder de decisión.
-Se lo agradezco en el alma capitán, ahora sé que la integridad no conoce de clases o cultura, sino de personas. Y usted es una de ellas.
-Ahora, Howard, vuelva a su camarote y descanse. Le ruego que a partir de este momento reduzca sus salidas al exterior al máximo.
-Buenas noches capitán –regresé a mi camarote sabiendo que mi vida peligraba en el barco, pero también que no estaba solo en esta arriesgada travesía.

martes, 27 de octubre de 2009

EL LADRÓN DE SUEÑOS (7)

“Sevilla a 10 de febrero de 1934

Estimado señor Howard acusamos recibo de su misiva de 30 de enero. Nos complace su interés en el seminario que le ofrecimos en septiembre del pasado año. Le confirmamos que nuestra oferta sigue en pie en todas sus condiciones. El comienzo del curso que usted impartiría sería el día 1 de abril y la finalización el día 31 de enero de 1935. Del 15 de junio al 15 de septiembre serán considerados vacacionales a todos los efectos.

Reiteramos nuestro gran interés en dicho seminario dada su erudición sobre historia de las antiguas civilizaciones. Es un honor que prestigiará nuestra humilde Universidad. Por ello le agradecemos el esfuerzo que realizará para compartir con nosotros sus conocimientos.

A la espera de tenerle pronto en nuestra Universidad. Reciba un cordial saludo.

Suyo afectísimo.”

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El día 20 de febrero partía el carguero “Nueva Esperanza” rumbo a Londres desde el puerto de Nueva York. Conseguí el pasaje gracias al amigo de un conocido que trabajaba en el puerto. Ningún barco de línea tenía prevista su salida rumbo a Europa con anterioridad, por lo que este contacto fue providencial. Una reunión previa con el capitán Stevenson, patrón de la nave, se debía producir el mismo día de la partida. El lugar de encuentro era una taberna cercana al puerto.

Allí estaba yo con mis dos maletas, sentado en una mesa cercana a la barra. Un tipo alto y enjuto con una raída gorra de marino entró en el local. Vestía un tres cuartos de color azul marino y unos sucios pantalones también del mismo color. Al acercarse hasta mi mesa me di cuenta de su fealdad. Tenía los ojos saltones como un sapo, la nariz chata y una inmensa boca con un labio leporino. Su rostro estaba cruzado desde la sien derecha hasta la comisura del labio por una irregular cicatriz. Se plantó frente a mí, se quedó mirándome durante unos segundos. Finalmente habló.

-¿Es usted el señor Howard? –su voz era ronca, rota, sin duda por el exceso de alcohol. Su aliento, pese a la distancia, me llegó fétido.
-Efectivamente, y usted debe ser el capitán Stevenson –dije con una voz que pretendía ser dura para sobreponerme al horror que me producía este ser.
-Sólo dos condiciones para aceptar su presencia en mi nave. La primera nada de preguntas y la segunda no interfiera ni moleste a mi tripulación. –dijo carente de cualquier cortesía o tono de diplomacia.
-No se preocupe capitán, mi única pretensión es llegar lo antes posible a Londres.
-Bien, bien…dentro de dos horas partimos. No le esperaremos ni un minuto de más.

Se dio la vuelta y sin dirigirme la mirada desapareció por donde había entrado. Pensé por un momento en volverme y no realizar esta travesía, escribir a la Universidad de Sevilla y dar marcha atrás con todo. Pero ya había dado el paso y tenía puestas todas mis esperanzas en este viaje. Cuánto me arrepentiría después de no haber tomado esta decisión.


El carguero “Nueva Esperanza” era un viejo navío de casco oxidado. Dos altas chimeneas sobresalían del resto del barco que presentaba también un herrumbroso aspecto de desconfianza. Un viejo marino me ayudó a pasar la estrecha pasarela que conectaba con el muelle.
-Me ha dicho el capitán que su camarote es el primero siguiendo este pasillo –me dijo estas palabras mientras miraba hacia un lado y señalaba al contrario.
-Gracias.

Casi un mes debía permanecer metido en aquel infecto camarote. Un pequeño cuarto de apenas tres por tres metros, con unas paredes que no habían sido pintadas desde la construcción del barco. Solo se habían retocado zonas para disimular los trozos agrietados, abombados o llenos de humedad, lo que provocaba una desagradable sensación de suciedad. En la pared izquierda había un pequeño y desaliñado catre. En la opuesta una oxidada taquilla de pie con las puertas entreabiertas, luego comprobé que era casi el máximo movimiento que permitían las bisagras. Dejé con desánimo mis maletas en el suelo y me tumbé en la cama. Solo serían unos días, me repetía una y otra vez.

Partimos como había anunciado el capitán, ya casi de noche. Alguien llamó a mi puerta, era el viejo marinero que me traía la cena en una bandeja. Estaba claro que querían que me relacionase poco con la tripulación. Cené con rapidez para acostarme lo antes posible. Estaba muy cansado y me dormí enseguida.

Empecé a oír voces que poco a poco fueron pasando de mi sueño a la realidad del camarote. Alguien estaba hablando en el exterior, cerca de mi puerta. Cuando las voces se alejaron, me asomé por la puerta. Las figuras del capitán dando órdenes al viejo marinero se recortaban contra el crepúsculo del horizonte. Sin pensarlo dos veces salí de mi camarote, sigilosamente me situé detrás de un fardo, a pocos metros de las dos figuras.

-No quiero ningún error en el transporte de la carga. Deben llegar todos los barriles en perfectas condiciones. Este licor que transportamos nos proporcionará importantes ganancias, lo suficiente para tomarnos unas vacaciones durante un tiempo.
-No se preocupe capitán que así se hará. Lo único que me preocupa es el mequetrefe que llevamos a bordo –sabía positivamente que el viejo se estaba refiriendo a mí. Desde el primer encuentro me había dado cuenta de que no le había caído bien.
-Tú preocúpate de cumplir mis órdenes. El señor Howard es mi responsabilidad. Necesitamos el dinero que nos ha pagado por el viaje, además, y aunque no te importe, tiene muy claro cuales son sus obligaciones en mi barco –me sorprendió esta casi defensa que de mi persona realizó el capitán.
-Claro capitán, no quería cuestionar sus órdenes –en la voz del marino se notaba el tono que infunde el miedo. Este capitán no parecía que hablase sólo de boquilla, debía llevar hasta el fin sus órdenes y promesas.

Los dos desaparecieron por una escotilla que llevaba a las bodegas. Me pareció muy arriesgado seguirles, por lo que decidí volver a mi camarote a dormir. Más tarde me enteraría de que otro marino en la sombra había seguido cada uno de mis pasos.

miércoles, 21 de octubre de 2009

EL LADRÓN DE SUEÑOS (6)

(IV)

(-Se desliza mi mente en un espacio intemporal de oscuridad que abrasa que quema mis sentidos aletargados por la servidumbre a este ser sin forma que mora en mi mente abominable monstruo que vivió en pasadas eras de lucha en la tierra para al final ser derrotado o no y llevado a este agujero sellado para los eones venideros que es frontera puerta a la vez a la espera de salir de nuevo y tomar lo que un día le perteneció por derecho propio reclamar su trono de sangre ocupado ahora por los humanos todo esto leí en aquel libro de arcana enseñanza que cayó en mis manos por casualidad cuando aun era casi una niña una y mil veces le di lectura hasta aprendérmelo de memoria podía recitar sus pasajes sin saltarme una coma hasta en sueños los repetía sin descanso porque había algo en aquellas letras que se quedaban grabadas en mi interior sin que pudiese hacer nada por olvidarlas saltando de las aborrecibles páginas a mi cabeza escribiéndose con letras de fuego en mi pensamiento así viví con este poder de conocimiento hasta que conocí a la madre de mi verdugo vivía en la misma casa que yo llegó una oscura noche de invierno contigo aun siendo un bebé parecía que huía de algo se refugiaba de un horror que sólo ella por aquel entonces conocía pronto nos hicimos amigas hablamos durante horas días meses de su hogar de Innsmouth de la maldición que pesaba sobre ellos sobre la que yo había leído ampliamente en mi libro maldito conociendo muchas más cosas de las que ella podía imaginar sabía el origen de aquella transformación de por qué no se podía eludir la misma pero también conocía de los poderes que otorgaba la misma de las posibilidades que ofrecía para alguien que estuviese ansiosa por poner en práctica los conocimientos adquiridos así que fui realizando pequeños hechizos para probar la realidad del libro para conocer los límites la verdad o la ficción de lo que allí había escrito y no me defraudó aquel libro atesoraba conocimientos de mentes anteriores al hombre mucho antes incluso del nacimiento de la tierra cuando otros planetas eran jóvenes y manos que no lo eran escribieron aquellos textos ahora podía deshacerme de la madre para quedarme con su retoño para tener la llave que abría portales de abismos insondables de oscuras y negras sombras así lo acogí como un tutor acoge a su pupilo enseñándole como un maestro lo hace con su alumno preparándole día a día para el momento más importante de su vida de la Vida sin darse cuenta le iba inculcando mediante largos ensalmos en sus noches de sueño los caminos que tenía que seguir muchas fueron las noches de vigilia en las que permanecía a su lado despierta recitando los oscuros pasajes que preparaban al novicio para ser la llave la puerta de los intrincados ángulos no euclidianos que daban paso a esta frontera al ser al que ahora sirvo pero en Arkham no contaba con que la fuerza de mi pupilo no era ya la de un niño su mente había sido preparada sin dejar resquicios para servir a mis fines en el negro altar pero me había faltado un último acceso a sus sueños a su mente para reducir la poca fuerza de voluntad que le hubiese quedado en esos momentos y él rompió todo el círculo que había estado trazando durante años que había planeado cada hora de mi vida para dejar entrar al que mora en las llamas ahora estoy aquí siendo una esclava yo que iba a dominar el mundo que iba a ser la dueña de todo lo conocido y por conocer soy ahora la sirvienta siento un inmenso dolor que me quema me invade cada parte de mi ser llenando mis momentos de una infinita rabia y odio me mantiene la esperanza de que llegue el momento propicio para escapar ejecutar una terrible venganza sobre el ser que me ha traído aquí no encontrará descanso sitio en la tierra donde le pueda buscar y encontrar porque mi existencia se reduce a ejecutar lo que mis sentimientos me están reclamando desde que he llegado a este infierno de oscuridad no verá más la luz le arrastraré a un pozo negro de dolor como el de mi abismo)

martes, 13 de octubre de 2009

EL LADRÓN DE SUEÑOS (5)

La noche estaba próxima a caer, por lo que le propuse a James cenar y pasar la noche en casa. Aceptó mi invitación. Comimos lo poco que podía ofrecerle, una frugal cena fría. Luego nos volvimos a sentar en los mismos sitios que habíamos ocupado antes. Tenía la impresión de que mi amigo estaba impaciente por contarme algo.

-Howard, he estado pensándolo mucho estos meses y tengo que hacerte una propuesta que seguro no rechazarás. –me dijo con cierto aire de misterio en su voz.
-Cuéntame James, ya sabes que soy impaciente por naturaleza.
-¿Recuerdas los escritos que me mandaste antes de entrar en la Universidad de Miskatonic? Me dijiste que querías empezar una nueva vida, continuando con tu labor docente en una nueva ciudad. Me enviaste tu trabajo para que lo enviase a las universidades que yo considerase oportunas. ¿Te acuerdas?
-Claro, te dije que necesitaba reemprender mi carrera. Incluso recuerdo que el trabajo que te envié era un estudio sobre las antiguas culturas de Alaska.
-El trabajo lo envié a varias universidades de la costa oeste, pero también de Europa.
-¿Enviaste mi trabajo a Europa?
-Lo siento Howard, me tomé cierta licencia…
-No te preocupes James, -le interrumpí-. No te puse límites en cuanto a localizaciones. Pero sigue contándome, por favor.
-Pues bien, recibí la contestación de una Universidad europea. Llegó varios meses después de haber enviado tu trabajo. Aquí tengo la carta –me pasó un papel con el membrete de una Universidad de España. Estaba escrito en castellano.

“Sevilla a 3 de septiembre de 1933

Estimado señor James: hemos recibido la obra de su colega el señor Howard. Nuestro departamento de Historia, y concretamente nuestro titular el decano, ha quedado gratamente sorprendido. La calidad, profundidad y erudición que demuestra el escrito está fuera de todo parangón en estudios de culturas antiguas de las civilizaciones, sobre sus mitos y sus leyendas.

Hemos manifestado, en consejo interno, el gran honor que supondría para nosotros el que el señor Howard pudiese impartir un seminario sobre la materia. Significaría un alto nivel de prestigio para nuestra Universidad, amén de un complemento único para nuestros estudiantes.

Le ruego transmita al señor Howard nuestra humilde y sincera oferta. Las condiciones económicas las pactaríamos con él, si estuviese interesado, pero le anticipo que serían generosas. La duración del curso la estimamos en diez meses. Los gastos de vivienda y manutención correrían por cuenta de esta Universidad.

A la espera de sus noticias. Reciba un cordial saludo.

Suyo afectísimo.”

Me costó un poco entender el contenido de la carta. Al terminar mis estudios en la Facultad, me interesé por la cultura de los primeros pobladores de la Península Ibérica. La mayoría de los escritos sobre la época estaban en castellano, por lo que seguí un curso de dicha lengua. Luego fui perfeccionando mis conocimientos con la lectura de textos en castellano. Hace muchos años que no lo practicaba, pero ahora me daba cuenta que mis conocimientos del idioma no se habían borrado.

-¿Y bien Howard, qué te parece? –me dijo James con un pequeño tono de impaciencia en su voz.
-Estoy muy contento de que mis trabajos sean apreciados en la vieja Europa. Pero el dar el gran salto e irme a vivir a España me asusta en estos momentos. No sé si me encuentro en las mejores condiciones para ello.
-Tonterías Howard, creo que es el momento. Necesitas un cambio radical de aire, salir de la opresiva Nueva Inglaterra. Y qué mejor que irte a vivir a otro país. Allí te darás cuenta de que tus pesadillas fueron fruto de circunstancias excepcionales. Que tu mente funciona perfectamente. Tu futuro está en la docencia, ya ves que eres un reputado y demandado profesor de historia.
- No lo sé James, quizás tengas razón, pero ahora no puedo decidirlo. –No podía tomar la decisión en aquellos momentos. Todo lo que había pasado pesaba como una losa en mi mente. No podía pensar con claridad.
-Claro Howard, tómate tu tiempo.
-Gracias por todo James, siempre has sido un amigo en quien he confiado –le dije con sinceridad-. Bueno, creo que se está haciendo tarde. Te puedes quedar en la habitación de invitados.

Nos marchamos a nuestras respectivas habitaciones. El sueño me estaba venciendo, necesitaba descansar. Cerré la puerta de mi habitación, me puse el pijama tras asearme y me metí en la cama. Creo que los ruidos empezaron al poco tiempo de dormirme.

Primero fue como un susurro que se perdía a lo lejos. Luego llegó de nuevo el sonido, aquel reptar por las paredes. Me levanté inmediatamente de mi cama. Todavía tenía el recuerdo de la enfermera Patricia en mi mente. Me dirigí corriendo a la habitación de mi amigo, me temblaban las piernas y tenía un nudo en la garganta. Abrí la puerta, esperaba encontrarme la cama vacía o algo peor, pero allí estaba James profundamente dormido.

Me recorrió un escalofrío interior. No quería volver a recaer, sería mi perdición. Haciendo un esfuerzo mental deseché un origen preternatural para aquel sonido, lo achaqué al cansancio. Me dormí, y afortunadamente esa noche no soñé, o no recordé los sueños.

A la mañana siguiente tenía una decisión tomada. Así se lo hice saber a James en el desayuno. Fue un despertar de optimismo, una de esas mañanas en que todo parece que se centra en una misma dirección. Que no hay caminos divergentes que ensombrezcan el futuro. Iría a impartir el curso a la Universidad de Sevilla.

-Magnífico Howard. Es una decisión de lo más sabia. Tienes que escribir cuanto antes a la Universidad para hacerles saber tu decisión. Luego comprar el pasaje, hacer las maletas…, ¡uf!, vas a estar muy ocupado estos días. ¿Quieres que te ayude Howard?
-No James, tu tienes que volver con tu mujer y tu hijo cuanto antes. Seguro que te están echando muchísimo de menos.

Y así fue como me despedí de James por última vez. No le volví a ver nunca más.

lunes, 5 de octubre de 2009

EL LADRÓN DE SUEÑOS (4)

III

-¡Dejadme salir de aquí, locos!
Howard pegó su rostro contra la ventana de su puerta. Su cara desencajada escupía las palabras contra el cristal. Estaba atado a la espalda por la camisa de fuerza. Las paredes acolchadas de su celda amortiguaban el sonido.

-¡Malditos, no sois conscientes del terror que se puede liberar en la Tierra!



El informe que leía el orondo director del Sanatorio de Providence no dejaba lugar a dudas. Era un caso típico de esquizofrenia grave, ahora en su punto más álgido. Hacía casi un año que le habían dado el alta y otra vez estaba de vuelta. Pero ahora las circunstancias habían cambiado, eran más graves. Esta vez había una nota final en el informe que decía: “Sin curación. Mantener el tratamiento sedante durante la vida del paciente”.

Se levantó de su silla y se dirigió al archivador. El despacho del director era un oscuro cuarto con una ventana tapada por una cortina. Las paredes de color ocre estaban atestadas de cuadros con fotos de eventos, donde se le veía rodeado de colegas, recogiendo premios o dando charlas. Su mesa estaba cubierta por una manta de desordenados papeles. Los documentos se apilaban encima de dos viejos archivadores que había al lado de la ventana. De uno de ellos sacó una sucia carpeta que puso encima de su mesa. En la portada, con una apretada letra, ponía: “Diario de Howard P.” Comenzó a leer con avidez.

…………………………………………………………………………………

Empiezo a escribir mi diario el 29 de enero de 1934. Me acuerdo perfectamente porque aquel día hice mi maleta a toda prisa para salir del sanatorio. Un taxi al que previamente había avisado me llevó hasta mi casa.


Todo estaba tal como lo dejé aquel día que marché a Arkham. Perfectamente ordenado, como si la noche anterior hubiese dormido allí y me acabase de despertar al día siguiente. Esa misma tarde recibí la grata visita de James. Era un viejo amigo de los tiempos de la Facultad. Juntos empezamos a estudiar una carrera, la de Historia, que todos decían que no tenía futuro alguno. Luego nuestros caminos se separaron, él se fue a la costa oeste, a la Universidad de Los Angeles. Allí se especializó en historia contemporánea. Nunca perdimos el contacto, manteníamos correspondencia al menos una vez al mes. Por carta había sabido de su boda hacía cinco años y del nacimiento de su hijo Paul hacía tres.

Allí estaba James, en la puerta de mi casa. Había envejecido, se le notaban algunas arrugas incipientes en la comisura de sus ojos. Había perdido casi todo su pelo, y se había rapado el resto. Usaba gafas metálicas debido a su miopía, que seguro adquirió con la vasta lectura académica que había llevado a cabo. Añadía a su rostro una corta y rala barba que le daban un aspecto final de intelectual.

-Howard, amigo, ¿cómo estás? –se acercó a mí y me dio un gran abrazo. No lo dudé un momento y me abracé a él. Permanecimos así durante unos instantes. El sentir de cerca el contacto amigo, la unión con el pasado, supuso en aquellos momentos para mí un reconfortante encuentro.

Le hice pasar al salón, ofreciéndole una copa de whisky. Se sentó en un extremo del sofá que ocupaba uno de los laterales de la estancia. Yo me senté en una silla enfrente suya.

-Ha sido horrible James. No te puedes hacer idea. El monstruo, la bruja, el libro…-me di cuenta que me atropellaba al hablar. Que nada tenía sentido para mi amigo. Eran muchas palabras que, seguro, sonarían de forma incongruente para él. Notaba que James me miraba con cierta extrañeza-. Disculpa James, te estoy asustando.
-No Howard, no te preocupes. Sé por todo lo que has pasado.
-¿Y cómo te has enterado? –lo pregunté no tanto por querer saberlo, sino por relajar el ambiente, también mi mente. No quería alarmar a James.
-Recibí por última vez noticias tuyas desde Arkham, te contesté y al ver que pasaban los meses sin tener más correspondencia tuya me empecé a preocupar. Llamé a la Universidad de Miskatonic, tras hablar con varias personas me pasaron finalmente con la bibliotecaria que me contó lo ocurrido. Tras seguir el rastro, hablé con el sanatorio de Providence, el director me confirmó tu ingreso. También me avisó de que la mejor curación para tu estado era el aislamiento. Estuve en todo momento en contacto con ellos, preocupado por tu salud. El día que supe que te iban a dar el alta no lo dudé un momento, tenía que venir a verte.
-¿Crees que estoy loco? –le dije directamente, sin pensar la pregunta.
-No Howard, no lo creo. Has pasado por una experiencia muy traumática. Primero la muerte de tu tío en el incendio de su casa en Innsmouth, del que desgraciadamente fuiste un espectador directo. Luego el golpe tras el pequeño terremoto en Arkham, que te produjo una conmoción con pequeños daños asociados. Para terminar rodeado de enfermos en el sanatorio de Providence. Aunque con un final feliz, curado de todas las afecciones
-A lo que hay que unir la desaparición de una enfermera a la que me unían lazos especiales. Llegué a imaginarme que un terrible monstruo se la había llevado... –hice un largo silencio, tenía un nudo en la garganta. Los ojos se me llenaron de lágrimas-. Tienes razón James –continué- ha sido un periodo muy duro de mi vida, el golpe me hizo imaginar que horribles monstruos habían aparecido en mi vida, que ésta no era sino una farsa al servicio de un gran ser primordial –. Aquella conversación con mi amigo estaba suponiendo una terapia final, como el test positivo de mi raciocinio.

martes, 29 de septiembre de 2009

EL LADRÓN DE SUEÑOS (3)

(II)

La noche eterna cayó como un manto sobre la bruja Jennifer. Cuando aquel tentáculo la arrastró a aquel infierno pensó que su vida se terminaba. Pero ahora estaba allí. No sabía dónde, pero estaba viva. O algo parecido a la vida.

Todo era oscuridad. La rodeaban llamas enormes que aparecían y desaparecían. No podía verlas. Pero Él se lo había dicho. El calor debía ser asfixiante, pero no lo notaba. No podía moverse y sin embargo sentía que su mente se desplazaba.

(-Eres mía Jennifer) –sintió que alguien le susurraba. Aunque no podía oír.
(-Quién eres?) –La pregunta salió directamente de la mente de Jennifer. No necesitaba la boca para hablar.
(-Soy tu dueño)
(-Yo no soy esclava de nadie. ¡Déjame salir!)
De repente un dolor escalofriante le recorrió todo su ser. Como si le hubiesen clavado agujas en cada una de sus terminaciones nerviosas. No era sólo un dolor físico. Era también su mente retorciéndose, contrayéndose, aplastándose... Nunca en su vida había sentido un dolor tan extremo. Aquello era como tener consciencia de la locura.

(-¡El dolor! Es insoportable…¡para!, por favor ¡para esta locura! Te serviré como tú quieras, seré tu esclava pero ¡por favor, para!)

Tal como llegó, se fue. Dejó de sentirlo inmediatamente. Su ente, pues no podía definir su estado físico de otra manera, se calmó. Ahora sus sentimientos eran otros. La cosa los leyó.

(-Sí, Jennifer, siente odio y rabia. No controles tus pensamientos, deja que llenen todo tu ser. Siéntelo por quien te trajo conmigo.)
(-Sí, él es el único culpable.)
A su mente acudieron los recuerdos en borbotones. Lo tenía todo planeado. Howard, claro, ya recordaba su nombre. Debía haber muerto en el altar. La bestia tenía que haber resucitado. Su misión era volver a regir los destinos de la Tierra. Ella hubiese sido su dueña y Él su esclavo. Ahora era al revés y solo él tenía la culpa. Howard.
(-Sigue pensando así, Jennifer)

En aquella oscuridad no existía el tiempo. No había un cálculo del mismo en horas o segundos. Todo se medía en sentimientos, en dolores, en instintos, en rabia. Cuanto mayores eran éstos, más grande era su alimento de venganza. Más llena estaba.

lunes, 21 de septiembre de 2009

EL LADRÓN DE SUEÑOS (2)

Me aterrorizaba la noche, la oscuridad. Cuando las luces se apagaban empezaba mi pesadilla. Muchas son las que he tenido desde aquel día en que visité a mi tío en Innsmouth para descubrir que estaba maldito. Más aún tuve después de que me hube trasladado a Arkham y viví, o soñé, aquella pesadilla de aberración. Ya no sé qué fue realidad o qué ficción. Porque los médicos que me trataron dijeron que sufría un trastorno grave del sueño. Que cruzaba la realidad con la irrealidad del sueño. Que el golpe en la cabeza había roto esta barrera de discernimiento.

Unas noches soñaba con la sacerdotisa, que me había cuidado desde que era pequeño. Para finalmente descubrir que todos los años de atenciones no eran sino una preparación para el sacrificio. Se repetía una y otra vez la misma pesadilla. La bruja vivía en un submundo, esclava del ser Primordial. Rodeada de llamas en la más absoluta oscuridad. Gritaba, chillaba y se retorcía clamando venganza.

Otras noches mi mente me traía sueños de la abyecta figura de mi tío postrado en la cama. Corría nuevamente por las calles de Innsmouth, perseguido por el Gran Pez que quería llevarme a su reino bajo el mar. Llegaba hasta lo más alto del campanario para descubrir que el monstruo había subido detrás de mí. Se lanzaba con fuerza contra mi cuerpo, abrazándome con sus deformes brazos. Ambos caíamos en un vertiginoso abismo en el que no encontrábamos fin.

Recurrente era también la pesadilla en la que descendía otra vez a los infiernos de Arkham. Al entramado de pasadizos y cuevas bajo la Universidad de Miskatonic. Arrastrado por el maldito libro forrado en piel humana. Las invocaciones que en él estaban escritas eran recitadas en voz muy baja. Gargantas no humanas emitían los sonidos impronunciables del Necronomicón. Los oía como una lejana letanía mientras estaba atado, listo para morir en un negro altar de sacrificio.

¿Era realidad o solo producto de mi imaginación? sentir que mi mente me arrastraba mientras dormía, que había algo poderoso que me impulsaba a seguir soñando, a seguir con las pesadillas, a ir en dirección al abismo. No podía abandonar la senda que sin duda me abocaba a una segura perdición.

Así pasaba mis noches, mientras me despertaba en mitad de ellas sin saber si todo había sido un sueño. Si lo había vivido alguna vez. ¿Estaba perdiendo la razón? ¿el rubicundo director estaba en lo cierto y quizás la cordura me había abandonado?

Patricia siempre venía corriendo a mi habitación al oír mis gritos. Era mi ángel de la guarda. Mi confidente. Quizás mi nexo con la realidad, con la razón.

-¿Se encuentra bien Howard? –recuerdo que me preguntó una noche en que había tenido una de mis habituales pesadillas.
-Patricia…la bruja, había salido de las llamas.
-Howard, ha estado soñando. No ocurre nada, está en su habitación del sanatorio, conmigo.
La abracé y noté su calor, su respiración. Me transmitió una tranquilidad y serenidad que no había sentido desde hacía muchos meses. Lloré.


Pero aquella noche de principios de octubre fue sin duda la peor. Era oscura, sin luna, en el exterior se desarrollaba una batalla de agua y viento. Dentro de la habitación oía como el aguacero batía contra las ventanas. El viento lanzaba un lastimero gemido como si intentase colarse dentro. No tenía hambre y apenas había cenado. Me metí en la cama y fue entonces cuando empecé a oírlo. Primero fue un leve deslizar que se confundía con el viento, pero luego oí claramente como algo reptaba por la pared. Encendí la luz, me levanté y me dirigí hacia la pared. El ruido cesó de golpe. Me acosté un rato después con la sensación de que algo, lo que fuese, seguía ahí, deslizándose entre las sombras, por mis sueños. Me dormí.

Me encontré en el largo pasillo que comunicaba con todas las habitaciones de la planta. Mi dormitorio estaba al principio del mismo. Las luces mortecinas de los fluorescentes iluminaban el corredor. Uno de ellos debía estar estropeado, parpadeando como una espectral sirena de alarma. Oía de nuevo el leve reptar a lo lejos. Un suave murmullo de algo que se arrastraba. Miré detrás mío y no había nada. Al volverme la vi. Estaba al final del pasillo, con su bata blanca. Movía la boca intentando decirme algo, pero sólo se oía el silencio. Corrí hacia ella gritando su nombre. ¡Patricia! Ningún sonido salía de mi boca.

Cuanto más corría más parecía aumentar la distancia que me separaba de ella. Mis pasos eran sordos, mis gritos vacíos. Ahora se oía de nuevo el continuo arrastrar, cada vez más alto. Ella se giró hacia atrás llevándose las manos a los oídos. Al volverse de nuevo hacia mí vi que su cara reflejaba un horror sin nombre. Su bello rostro estaba desencajado por el terror. Detrás de ella un tentáculo informe se arrastraba en su dirección. Intentaba correr, movía sus piernas con desesperación, pero seguía en el mismo sitio. Me miró por última vez con sus grandes ojos azules. Se despedía. Pero el horror continuaba. Durante un suspiro creí reconocer en su rostro la cara de la sacerdotisa. Fue sólo un momento, lo justo para que casi perdiese la razón. Luego el tentáculo se aferró a ella, tirando hacia atrás con fuerza y luego desapareciendo por un corredor lateral. En ese momento noté que ya podía moverme y me lancé con furia hacia delante. Me caí de la cama.

Estaba de nuevo empapado en sudor. Me dolían las piernas. La garganta me ardía como si hubiese estado gritando toda la noche. Estaba exhausto. Me volví a dormir entre mis revueltas sábanas. Ya no soñé más.

La luz del nuevo día entró por la ventana para hacerme olvidar la noche anterior. Qué apetito tenía, iba a ducharme rápido para ir a desayunar. Salí de la habitación y pregunté por Patricia a un celador que pasaba por allí.

-¿Dónde está Patricia?
-No lo sé. La estamos esperando desde primera hora de esta mañana. Debe haberse quedado dormida.
Sin darle mayor importancia entré en el bullicioso comedor. Me uní al frenético ir y venir de bandejas.

Los días pasaban y las noches de pesadillas cada vez eran menos. Ya solo tenía vagos recuerdos de lo que alguna vez soñé. El descanso de la mente se reflejaba en mi aspecto, ya no arrastraba mi cuerpo de cansancio. Ahora era una persona con vitalidad, veía el mundo con optimismo. Una alegría que se veía mermada por la falta de Patricia. Seguía preguntando por ella continuamente. Me comentaron las otras enfermeras que había desaparecido. Su casa la encontraron tal como la había dejado el día anterior. No había señales de violencia o de que le hubiese pasado algo. Preguntaron a sus familiares y amigos. Ninguno conocía su paradero. La inquietud se apoderaba de mi mente cuando pensaba en el sueño del tentáculo. Pero lo desechaba excusando interiormente la desaparición como un capricho de la joven, que seguramente había encontrado otro trabajo y se había marchado repentinamente.

Los comentarios sobre ella en los corros de enfermeras y celadores eran habituales. El continuo recuerdo de Patricia me mantuvo en una zona templada de emociones. Me asaltaba con frecuencia la idea de que el sueño fuera en parte real. Pero mi lado racional enseguida aportaba una razón verosímil a la desaparición. De hecho estos pensamientos me acompañaron hasta el día en que el director me mandó llamar de nuevo a su despacho. Era una luminosa mañana de finales de enero.

-Buenos días señor Howard. Veo en su informe que los progresos en su curación han sido prodigiosos.
Hizo este comentario mientras ojeaba un enorme cartapacio con documentos, manuscritos y gráficas que imaginaba era mi informe médico. Mientras estuvo hablando conmigo no levantó en ningún momento la cabeza de los papeles. Al parecer ya había perdido todo interés en mi caso. Lo cual me alegró sobremanera.
-¿Y cuál es el siguiente paso? –quería terminar cuanto antes con aquello. Nunca estuve cómodo en presencia de este tipo.
-No tan rápido señor Howard. Antes quiero conocer sus impresiones sobre nuestro gran sanatorio.
-Usted lo ha dicho, un gran sanatorio.
-Con los mejores médicos y personal especializado. No lo dude señor Howard, gracias al buen hacer y grandes conocimientos de nuestros…
-Señor director –le interrumpí-, se lo ruego, llevo cuatro meses encerrado en su “gran” sanatorio. Estoy convencido de las bondades de su personal sanitario. Pero dígame, por favor, si estoy curado y cuándo puedo abandonar su residencia.
-¡Ejem! –carraspeó el director, sin duda incómodo por mi forma de expresarme. Estaba acostumbrado a tratar con personas mentalmente más débiles. Yo en ese momento me encontraba fuerte. De hecho pensaba que nunca había sufrido enfermedad alguna, que había sido un error el que me hubiesen mandado a este lugar.
-¿Y bien? –añadí.
-Efectivamente señor Howard está usted curado. Desde este momento puede recoger sus pertenencias y abandonar el sanatorio.

Aquellas palabras sonaron a música celestial en mi cerebro. Por fin podía volver a mi casa en Providence. Ya no me sentía un loco, un inventor de historias macabras. Aquello terminó. Ahora tenía que volver a ser la persona normal que era. Con un trabajo, una casa y una mente sana. Empezaba la vida del nuevo Howard.

lunes, 14 de septiembre de 2009

EL LADRÓN DE SUEÑOS (1)

Dicen que después de la tempestad viene la calma. ¿Pero cuándo pasará esta tempestad? Llevo encerrado en esta habitación desde que me dieron de alta en el hospital. Hace ahora cinco meses. El golpe en la cabeza fue leve y a los pocos días ya estaba completamente restablecido del mismo. Pero ahora el dolor no es físico. Es mucho peor, es un dolor del alma. Los médicos dicen que necesito reposo, porque el traumatismo me produjo daños en la corteza del cerebro que rige el sueño.



El sanatorio de Providence se encontraba en las afueras de la ciudad. Era un gran edificio blanco con una parte central más elevada. Rematada por una torre que se erguía sobre el resto como testigo silencioso de las pesadillas que acogía en su seno. A los lados tenía dos edificios más bajos y alargados que se abrían en ángulo hacia fuera como queriendo atrapar al visitante despistado. Las ventanas se alineaban en una milimétrica sucesión. Paradójica cordura de lo que albergaba en su interior.

Lo recuerdo todo como si fuese ayer. Me veo atravesando el tupido bosque del norte de la ciudad por una estrecha carretera mal asfaltada, sentado en el asiento de atrás de la ambulancia que el Hospital había puesto a mi disposición, cómo llegamos por fin a los pies de la alta verja que rodeaba el edificio, una sólida barrera de gruesos barrotes rematada por puntas de lanza, con una cancela más alta, que cerrada formaba un arco apuntado. Recorrimos luego un angosto camino de tierra que serpenteaba por el abrupto terreno hasta llegar a la explanada donde estaba situado el sanatorio.

Me condujeron dos enormes celadores al despacho del director. Un orondo y bajo individuo de rosadas mejillas y nariz chata. Me escrutaba con sus pequeños ojos de arriba a abajo. Estaba de pie frente a mí y me tendió su mano.

-Bienvenido a nuestro humilde hogar, señor Howard. Espero que su estancia con nosotros sea de lo más agradable –dijo el director.
-Y yo espero poder irme lo antes posible.
-Seguro señor Howard, para ello contamos con los mejores especialistas. En unos días estará totalmente restablecido. Sus noches estarán libres de malos sueños y pesadillas.

Dudé por un momento en contarle que estaba bien, que mi dolencia se podía curar con reposo en mi casa. Pero no serviría de nada. Así que cambié el curso de la conversación.
-¿Podría hacer una llamada?, he dejado asuntos pendientes que requieren de mi intervención.
-Señor Howard, su curación es lo primero, y para ello es necesaria la incomunicación. Tenemos que llegar al centro de la afección y no debe haber ninguna interferencia exterior. Espero que sepa entenderlo –el director mostraba una estúpida sonrisa que delataba su previsible discurso que casi con seguridad lanzaba a cada nuevo inquilino del sanatorio.


Mi habitación era grande y soleada. Pintada de aséptico blanco, no presentaba ni una grieta, ni una mancha. El mobiliario era sobrio, una pequeña mesita de noche, un armario de dos puertas y una cama situada al lado de la ventana. Todo era de un blanco inmaculado. El entrar en la habitación dañó mis retinas. Fue como pasar a una nueva dimensión de luz.

Las mañanas las dedicaba a recorrer el jardín de la parte de atrás. Un entramado de caminos entre bajos setos que delimitaban zonas interiores para flores de distintos colores y tamaños. Enormes árboles de frondosas hojas daban una deliciosa sombra, haciendo de cada paseo una reconfortante terapia.

Sentía como la fuerza volvía a mi cuerpo, a mi cabeza. Las atenciones que me dispensaban eran excelentes. Mi enfermera Patricia me cuidaba con todo el cariño del mundo. Era una joven de unos 21 años, de pelo rubio, con unos grandes ojos azules que le llenaban el rostro de una viva expresividad. Se notaba que acababa de terminar sus estudios y quería agradar.

-Señor Howard, ¿cómo va con su paseo matutino? –dijo Patricia.
-Caminar por este jardín relaja mi mente. Y por cierto, no me llames señor, por favor, me haces sentir mayor de lo que soy.

Patricia se quedó mirándome durante un rato. Algo pasaba por su cabeza y no se atrevía a decírmelo. Al final, titubeando, me habló.
-Perdone que me meta donde nadie me llama, pero ¿tiene alguna dolencia? Se le ve tan sano mentalmente, a diferencia del resto de pacientes, que me extraña mucho verle aquí.
-Es miedo, Patricia, miedo a las pesadillas. Miedo a mis recuerdos, a lo que pasó…No puedo hablar de ello ahora.
-No tenga miedo, este es un lugar muy tranquilo. Nadie se acerca hasta aquí si no es para ingresar.
-Patricia, no lo entendería, el miedo no es a algo físico. No es a algo que viva en este plano de la existencia…
No pude seguir hablando. Mi cabeza empezó a llenarse de recuerdos. Me senté en un banco cercano y me cubrí la cabeza con mis manos. Estaba volviendo a derrumbarme. Me repetí que tenía que ser fuerte.
-Siento haberle puesto en este estado…
-No se preocupe Patricia, ya me encuentro mejor. –Me fui caminando de nuevo a la habitación, con el pensamiento puesto en el pasado.

A partir de esa mañana siempre que salía a pasear intentaba encontrarme con ella adrede. La buscaba entre otros pacientes o entre grupos de enfermeras. Charlaba con ella durante largos ratos mientras caminábamos juntos por el jardín. Estaba llena de vida. Me contagiaba de optimismo. Una mañana, no recuerdo como se inició la conversación, pero comenzamos a hablar de asuntos más personales.

-¿Y usted no está casado?
-No, nunca he encontrado a la mujer de mi vida, si a eso se refiere.
Patricia se ruborizó, pensando que había ido demasiado lejos con su pregunta. Se quedó callada por un momento y yo proseguí la conversación.
-Espero encontrarla, sin duda, una mujer normal y sensata. Que soporte mis locuras –dije esto último con un poco de sorna.
-No diga tonterías, usted no está loco. Únicamente está pasando por una etapa de su vida llena de contradicciones. Si no ha encontrado ninguna mujer seguro que no es culpa suya...
Se interrumpió cuando iba a terminar la frase. Nos quedamos mirándonos durante unos segundos que parecieron años. Cuando más sumergidos estábamos en nuestra mirada apareció la supervisora que venía por un camino lateral .
-Hola Patricia, ¿puedes ir a la 102? El paciente necesita atención.

jueves, 3 de septiembre de 2009

AVANCE DE PROGRAMACIÓN

Ya está aquí, próximamente en este blog, se estrenará la tan esperada (por lo menos por mí) tercera parte del Ciclo de Arkham. Pero esta vez me he pasado, un poco, en principio pretendía escribir un relato que cerrase este ciclo, pero luego me he puesto manos a la obra y ha salido un libro, no se si tostón novelero, relato entretenido o ni fu ni fa. Ya depende de los que me leáis.

Lo he terminado, pero está en fase de corrección, y yo creo que entre la semana que viene y la próxima lo tenga listo. Mi pretensión es irlo publicando como un serial todos los lunes, como aquellos que hacía Edgar Rice Burroughs, las revistas Pulp o los de la cadena SER (siempre salvando las distancias). He calculado que saldrán alrededor de 30 capítulos e intentaré que cada uno tenga un contenido en sí mismo.

En esta nueva aventura, Howard, después de sus peripecias en Innsmouth y Arkham, consigue un puesto de profesor para un seminario de 10 meses en...¡Sevilla!, sí, habéis leído bien, los Mitos de Cthulhu viajarán a esta ciudad, en el año 1934. Allí se enfrentará a monstruos, conspiraciones y sobre todo a sus pesadillas. Con esta novela creo cerrar el Ciclo...pero nunca se sabe. Lo único que espero es que no se os haga pesado y que lo toméis como una diversión (como tal lo he escrito).

Os adelanto algo:

“Me encontré en el largo pasillo que comunicaba con todas las habitaciones de la planta. Mi dormitorio estaba al principio del mismo. Las luces mortecinas de los fluorescentes iluminaban el corredor. Uno de ellos debía estar estropeado, parpadeando como una espectral sirena de alarma. Oía de nuevo el leve reptar a lo lejos. Un suave murmullo de algo que se arrastraba. Miré detrás mío y no había nada. Al volverme la vi. Estaba al final del pasillo, con su bata blanca. Movía la boca intentando decirme algo, pero solo se oía el silencio...”

“La noche era fría, pero clara, una inmensa luna llena daba luces y sombras en cubierta. De nuevo sonó el extraño aullido y ahora descubrí que provenía del mar. Me asomé por la sucia barandilla de la borda con una expresión de curiosidad y miedo a la vez. Escruté con nerviosos ojos las infinitas aguas que se extendían ante mí. A lo lejos divisé un lento movimiento, unas sombras gibosas se aproximaban hacia el casco del barco...”

“Al llegar a La Campana el ruido lo producían los enormes tranvías de color blanco y amarillo. Esta plaza era un centro neurálgico, cruzada por varias calles como Sierpes o Tetuán, auténticas arterias de la ciudad. Era constante el campanilleo de los tranvías que iban y venían sobre sus raíles, algunos dobles, con un vagón detrás, que solo se enganchaba al entrar la primavera, éste se llamaba jardinera...”

Por cierto, la novela se ha publicado en algunos países y su éxito ha sido arrollador, leed algunas de las críticas:

“...ha nacido un nuevo maestro de la novela de terror”
Stephen King

“...magistral, combina el terror con el costumbrismo”
Washington Post

“...gran novela, propia de un escritor muy inteligente”
Mi madre

lunes, 20 de julio de 2009

ARKHAM (Parte 3 de 3)

Me dirigí a la puerta que me había indicado la bibliotecaria. En los meses que llevaba allí no la había visto antes. Crucé el umbral y llegué al inicio de una escalera metálica que descendía retorciéndose sobre sí misma. Los peldaños se estrechaban en exceso sobre el vértice, lo que complicaba el descenso. Llegué a otra estancia enorme, con multitud de estanterías dispuestas en un orden anárquico. Estaban llenas de libros de todos los colores y tamaños. El olor a rancio y a moho era penetrante. Llamé al bibliotecario, pero nadie contestó. Seguí paseando entre las pilas de libros y legajos hasta llegar a otra puerta que parecía cerrada con llave.

La intenté abrir sin mucha convicción, pero la misma cedió hacia adentro. Cual fue mi sorpresa al descubrir que las paredes habían sido sustituidas por muros de roca que se adentraban en un túnel con una extraña pendiente hacia abajo. Empecé a caminar guiado por una rara sensación de obligación. La luz cada vez era más tenue y casi no se veía. Forzando mis piernas iba a darme la vuelta cuando un fuerte golpe en mi cabeza interrumpió mis pensamientos…

………………………………………………………………………………………

Tiraba fuertemente de mis cuerdas intentado liberar mis brazos y piernas, pero era imposible, aquellos locos me habían atado con fuerza. El cántico aumentaba en intensidad: “¡Iä Righda!” gritaban y repetían sin descanso en un paroxismo de locura. Algunos se ponían de rodillas, otros caían de espalda al suelo. La locura llegó a su estado álgido cuando la figura que parecía ser el gran sacerdote sacó una daga con la hoja en forma de serpiente, con unas luminosas llamas doradas en la empuñadura. Elevó la daga con ambas manos y siguió con su infernal letanía.

A una señal del sacerdote todos pararon en su canto y se volvieron a mirarme. Éste se dirigió hacia mi empuñando el arma. Tiré con fuerzas renovadas de mis cuerdas, pero no cedían. Con un rápido movimiento se puso a mi costado y se echó la capucha hacia atrás. No era posible, debía ser otro aterrador sueño…El sacerdote era sacerdotisa…y era la anciana amiga de mi madre. Una nube de horror se cernió sobre mi mente. Ahora entendía más.

-No puedes ser tú. ¿Por qué?
-La secta fue siempre mi vida. Vivía para su resurrección. La señal me llegó cuando conocí a tu madre y ella me contó toda la historia. He esperado mucho tiempo hasta hacer coincidir el momento propicio. Ahora soy de él.
-¡Suéltame loca bruja! –grité con toda la desesperación que sentía en el alma.
-¡Ahora calla estúpido! Vas a presenciar el milagro.

La bruja se acercó con la daga a mi pecho y me hizo una pequeña incisión. La sangre comenzó a brotar por mi herida abierta manchando la negra piedra del altar. Un ruido atronador sacudió la caverna y las paredes temblaron con furia. Los acólitos que aun permanecían en pie cayeron al suelo. Sólo la hierática figura de la sacerdotisa permanecía erguida, con su vista fija en un punto del muro.

Un lado de la caverna, ahora visible desde donde yo estaba, parecía cambiar de forma por momentos, adoptando ángulos imposibles de comprender para una mente humana. Caían trozos de roca sobre el suelo, algunos impactaban directamente sobre el grupo de seguidores que permanecían inmóviles y sin emitir ningun sonido. De un extraño ángulo surgió una fuerte llamarada que inundó de calor abrasador la cueva.

Tirando fuertemente de las cuerdas, y seguramente debido al calor, una de ellas se rompió, liberándome un brazo. Con gran esfuerzo pude desatar el otro y seguidamente mis piernas. Me incorporé y en ese momento tuve la visión aterradora de un gran tentáculo saliendo del ángulo de la pared. Un negro apéndice escamoso de varios metros que comenzó a golpear todo lo que encontraba en su camino. La que golpeaba era la ira de una bestia furiosa por tantos milenios de oscuridad y encierro. La sacerdotisa se volvió hacia mi con la intención de clavarme la daga. Agarré su brazo y forcejeando con ella le quité la daga. Ella cayó al suelo. En un movimiento frenético, el tentáculo se enrolló alrededor de la anciana tirando hacia atrás de ella, llevándosela a dondequiera que morase el monstruo.

No podía seguir mirando aquel dantesco espectáculo, giré en dirección contraria y comencé a correr. Los trozos de roca caían por todos lados y el techo de la caverna no tardaría en ceder. Encontré una puerta oculta tras una gran piedra y la abrí. Seguí corriendo por un pasillo de negra oscuridad. Corrí hasta que un trozo de piedra me alcanzó en la cabeza. Ya no recuerdo nada más.

Volví a la consciencia sin saber cuándo. Estaba en la cama de un hospital y con una gran venda cubriendo mi cabeza. Me volví hacia un lado y vi un periódico encima de mi mesa. El titular me llamó la atención.

“Arkham, 25 de agosto de1933.
PEQUEÑO MOVIMIENTO SÍSMICO EN ARKHAM
En la tarde de ayer se registró un pequeño movimiento sísmico en el centro de la ciudad. El epicentro se situó a varios kilómetros bajo la Universidad de Miskatonic. No hay que registrar daños personales ni materiales de importancia, aunque se vivió algún momento de pánico entre las pocas personas que se encontraban en ese momento en la Universidad…”

Una enfermera entró en la habitación.

-¿Dónde estoy?
-En el Hospital de Arkham señor.
-¿Y dónde me encontraron?
-Estaba usted estudiando en la biblioteca, quizás por el movimiento sísmico tuvo un desvanecimiento, se cayó de lado y se golpeó la cabeza con la mesa.

Cuando estaba a punto de marcharse, se dio la vuelta hacia mi sacando algo de su bolsillo.
-Ah, se me olvidaba, encontramos ésto en su mano.
Una sensación de angustia y horror me recorrió el cuerpo cuando la enfermera me mostró la daga de la sacerdotisa.
¿FIN?

sábado, 18 de julio de 2009

ARKHAM (Parte 2 de 3)

La tarde era fría, aunque lucía un espléndido sol que arrancaba sombras de todo a mi paso. Mi casa quedaba apenas a un kilómetro de distancia y el paseo prometía ser agradable.
El viento mecía las ramas de la frondosa arboleda que flanqueaba la calle, produciendo una extraña sensación de inquietud en el ambiente. Al poco rato de estar andando, el cielo se cubrió con unos oscuros nubarrones que presagiaban una fuerte tormenta. Aceleré el paso por las angostas calles del centro. Al doblar una esquina, ya cerca de casa, oí unos pasos a mi espalda. Me giré rápidamente y distinguí una sombra que se introducía en un portal. No puedo explicar por qué me sobresalté, seguramente sería un vecino, pero la forma en que se movió aquella sombra me resultó extraña. Parecía deslizarse, más que andar. Sin darme cuenta empecé a correr precipitadamente hasta llegar a mi puerta.

Subí las escaleras agarrándome al pasamanos, en el descansillo hice una pausa y miré hacia atrás. La puerta de entrada estaba cerrada, tal como la había dejado al subir. Tomé aliento y seguí subiendo hasta llegar a mi cuarto.

Una vez arriba encendí la luz y noté un cierto aroma que me era familiar aunque no podía identificar. El cuarto estaba un poco desordenado porque todavía estaba colocando mis enseres, pero algo había cambiado, no sabría decir qué. Quizás la silla junto a la mesa, o la ropa que dejé encima de la cama, o las cortinas de la ventana un poco descorridas…me estaba desquiciando. Me senté en el borde de la cama y me llevé las manos a la cabeza. Me dolía. Cuando levanté la vista, allí estaba, encima de la mesilla. Un trozo de papel, amarillento por su antigüedad y con el desgarro de haber sido arrancado sin miramientos de una página, posiblemente de un libro. La letra era pequeña y roja, un viejo manuscrito sin duda. Decía así:

“…el que una vez fue señor del orbe duerme eternamente en su trono de fuego. Righda espera ansioso la puerta que lo saque de su sueño. La locura es su reino y su morada. Porque no está muerto lo que yace eternamente, y con el paso de los eones incluso la muerte puede morir.”

Mi ánimo se nubló como el día. Me invadió una agobianrte sensación de desasosiego. Quién habrá entrado en mi dormitorio, fue lo primero que pensé. Estaba muy asustado y mi corazón a punto de salirse del pecho. El escrito trajo a mi memoria de nuevo recuerdos primigenios. Nunca había escuchado aquella frase y sin embargo la conocía. De alguna manera se había grabado en mi mente, seguramente durante mis largos años de estudio. Me guardé la nota en el bolsillo y un rato después, sin cenar y con el sabor de la inquietud, me acosté.

Esa noche soñé. Mi cuerpo permanecía en la cama, pero mi mente volaba a otro espacio. Quizás al desierto del Sáhara. Allí, enterrada bajo las arenas había una gran piedra circular con unas llamas grabadas en su superficie. Sin esfuerzo alguno conseguí levantar la gran piedra. Debía pesar toneladas y sin embargo la levanté como si fuese de papel. Algo dentro de mi me decía que había roto un sello que había permanecido cerrado durante milenios. Un tunel de obscena oscuridad se extendía bajo mis pies. Salía a borbotones de la gruta un calor sofocante, me asfixiaba. Un alarido estremecedor subió por las paredes de la gruta con un eco insoportable. Una sombra enorme y monstruosa subía por la pared desgarrando la roca a su paso. Mi mente no podía soportar el frenético alarido cada vez más cercano. Aquello era la boca de la locura…Desperté entre sábanas empapadas de sudor. La luz entraba por el ventanal. ¡Ya era de día!

Los meses pasaron y enfrascado como estaba en mi labor docente los hechos ocurridos ese día se borraron de mi mente. Llegó el verano y con él, el final del curso. Me despedí de mis alumnos con un mensaje de optimismo ante el futuro que les esperaba, deseándoles que siguiesen investigando y estudiando. Unas lágrimas de emoción cayeron de mis ojos.

Una tarde de calor excesivo estaba sentado ocupando una mesa de la biblioteca de la Universidad. Ese verano lo estaba dedicando a continuar mis investigaciones sobre los cultos politeistas de la zona del Pacífico y su evolución histórica.. Eramos muy pocos los que en ese momento nos encontrábamos allí, quizás tres personas más que como yo aprovechaban el verano para ampliar y profundizar en sus conocimientos.

Estaba enfrascado en la transcripción del grabado de una estatuilla que representaba a una deidad con infinidad de brazos, casi como tentáculos, que aparecía en una foto que me había enviado un colega desde Ponapé. Iba a poner mi cuaderno de notas al lado cuando descubrí que alguien había dejado un enorme libro a mi lado. Miré a mi alrededor pero no vi a nadie. Cogí el inmenso volumen y me lo puse delante. Estaba forrado con una extraña piel y olía a viejo, a rancio. En la parte superior pude leer con letras desgastadas su título “Necronomicón”. Otra vez aquella extraña sensación de “déjà vu”. Lo abrí al azar, pero ya sabía lo que iba a encontrar. Allí estaba, el resto de página desgarrada que formaba un todo con el trozo que dejaron en mi mesilla.

Lo leí con una mezcla de sentidos encontrados, miedo, nervios, interés, todos agolpados en mi mente. El resto de página decía así:

“Porque aquel que desciende de los Grandes Peces no puede esquivar su transformación, su vuelta al ser Primigenio, padre de todos los habitantes del mar. Su misión es la de guardar. Él es la Llave que puede abrir o cerrar. Él es también Cerradura y Puerta. Su sangre derramada por los que creen en él es el Todo que guiará Su viaje hasta su primordial morada. Aquella que hace eones fue arrebatada en una guerra fraticida entre Los que vinieron de las estrellas.”

No quería leer más, la olvidada sensación de vértigo me golpeó de nuevo. Necesitaba escapar de allí. No podía soportar más este estado al borde de la locura. Tenía que cortar aquello de una vez por todas. Con paso decidido me acerqué al mostrador de la bibliotecaria y le enseñé el libro.

-Nunca había visto este volumen. ¿Es de nuestra biblioteca?
-Señorita –estaba perdiendo la paciencia- estaba en mi mesa, por lo que supongo que será de ustedes. Mire en sus archivos, por favor.
La bibliotecaria consultó su enorme caja de cartón llena de fichas con la descripción de todos los libros.
-No lo encuentro. ¿Necro..qué, me dijo?
-Necronomicón.
-Lo siento, no está. Quizás en el sótano, una planta más abajo, le puedan dar más información. Allí se encuentran los libros que todavía estan sin clasificar, además de los que aún no hemos encontrado referencias.

(Continuará)

jueves, 16 de julio de 2009

ARKHAM (Parte 1 de 3)

Tenía la vista nublada y me dolía horriblemente la cabeza. Notaba que estaba tumbado sobre una superficie dura y lisa. Me llegaba el sonido de un cántico que iba creciendo en intensidad. No entendía las palabras que decían, era un lenguaje gutural, pronunciado como si de un gorgoteo se tratase. Iba despertando del letargo y lo último que recordaba era que me habían golpeado la cabeza con un objeto contundente.

La niebla iba desapareciendo de mis ojos poco a poco y veía manchas rojas que se movían a mi alrededor. Haciendo un esfuerzo por recuperar totalmente la visión me dí cuenta de que eran personas, con unas túnicas rojas que les llegaban hasta los pies, calzados con unas sandalias de tiras de cuero tambien rojas. No podía ver la cara de mis captores,las rojas capuchas de sus túnicas, producían sombras en sus rostros. Estaba completamente rodeado por ellos. Serían alrededor de 20, que elevando sus cabezas y brazos entonaban el grotesco cántico.

Ya podía ver casi con total claridad y miré a mi alrededor. Me encontraba en el centro de una enorme caverna. Estaba tendido, atado e inmovilizado sobre una gran piedra negra, que por lo que intuía era un altar. Todo a mi alrededor eran sombras, pues la gruta solo estaba iluminada por el resplandor de unas antorchas dispuestas de forma irregular en las paredes. Ahora recordaba con claridad los terroríficos pasos que me habían llevado a esta situación.

…………………………………………………………………………………

Tras abandonar el maldito pueblo de Innsmouth consciente de mi herencia me encerré en mi casa de Providence. Aún tengo en mi memoria aquel momento en que presa de la desesperación y el horror bajé las escaleras del campanario con una firme decisión. Con el último vestigio de razón me dirigí corriendo por los sucios callejones hacia la casa de mi tío. Estaba convencido de lo que tenía que hacer y debía cumplirlo. Aquel impío ser nunca debió haber existido. Así con esta resolución, llegué de nuevo al portal. El pestilente olor me recordaba lo que vivía en aquella habitación de arriba. Encendí una cerilla que llevaba en mi bolsillo, prendí unos viejos periódicos que había en la entrada y los arrojé a la podrida madera de la escalera. En unos instantes todo quedó envuelto en llamas. Salí corriendo al exterior y sin mirar atrás llegué a mi coche. Unos gritos de infernal locura resonaron en todo el pueblo, alaridos guturales producidos por una garganta que ya no era humana. Tenía que escapar de allí, huir de aquella pesadilla. Conduje sin parar de nuevo hasta Providence.

El abominable legado familiar turbaba mis horas de sueño e infectaba mis horas de día. No dejaba de pensar un momento en la grotesca abominación en que se había convertido mi tío. En la sinrazón en que se había transformado toda esta historia. Tenía momentos en que pensaba que todo había sido una pesadilla de la que todavía tenía que despertar. Pero los días pasaban y la pesadilla era realidad.

Un mes después, mientras pasaba la Navidad con mis recuerdos llegó una carta que me habría una nueva esperanza:

“Arkham 22 de diciembre de 1932

Estimado señor H, nos complace informarle que su solicitud recibida en la Universidad de Miskatonic ha sido aceptada.. Sustituirá al profesor R que marcha a otra Universidad. Usted empezará a trabajar en su cátedra de Historia Antigua el próximo 8 de enero…”

La noticia me llenó de un anhelo esperanzador. Como catedrático de Historia Antigua que era, quería continuar de nuevo con mi carrera docente, abandonada hacía ahora dos años por razones de salud. Salir de Providence, empezar una nueva vida, con un nuevo hogar, nuevo trabajo, nuevo futuro,…olvidar toda la pesadilla vivida.

Recuerdo que llegué a Arkham la tarde del 2 de enero. Me dirigí a una casa que había alquilado días antes a J, la vieja amiga de mi madre, desde niño ella me había cuidado como si fuese hijo suyo. Siempre me había acompañado en los momentos más difíciles de mi vida, desde la desaparición de mi madre. Tuve una suerte extraordinaria, pues al día siguiente de recibir la carta de la Universidad, apareció en mi casa para traerme unas tartas que había hecho y comentando mi cambio de domicilio me habló de su casa en Arkham. La fortuna estaba cambiando en mi vida y por primera vez despues de mucho tiempo me sonreía. La casa, encajonada en el centro de la laberíntica ciudad era de estilo victoriano. Estaba rodeada por una alta verja de herrumbroso hierro que daba paso a un pequeño jardín. Tenía dos plantas, con unos amplios y redondos ventanales. Con tres agudos gabletes rematando un empinado techo de vieja madera.

Subí a mi habitación que estaba en el segundo piso y me acerqué a la ventana para correr las cortinas. Una sombra furtiva pareció deslizarse por entre los arbustos que había en el pequeño jardín de delante de la casa. ¿Había percibido en la sombra unos brillantes ojos que me estaban observando?

Este pequeño incidente quedó olvidado rápidamente una vez empecé mis clases en la Facultad de Historia de la Universidad de Miskatonic. Ésta era de las más antiguas y reputadas de toda la costa de Nueva Inglaterra. Sus estudios sobre Antropología e Historia Antigua se habían editado en las publicaciones más prestigiosas de todas las universidades del mundo y sus teorías sobre la evolución humana y sobre una historia antes de la prehistoria habían abierto una fuerte controversia entre los historiadores más destacados.

Mi primer día de clase fue especialmente reconfortante. El emocionante reencuentro con alumnos y con mi especialidad de estudio. Ver reflejada en la cara de ellos ese ansia por aprender y adquirir conocimientos me devolvieron la responsabilidad de cumplir y llenar sus sueños. Cuando abandonaba el viejo edificio de la Universidad por la tarde me sentía una persona nueva. Todo había quedado atrás, ¿acaso sucedió?, -pensaba mientras me dirigía a mi casa.

(Continuará…)

domingo, 5 de julio de 2009

ICH-PI-EL

La lluvia cae sin cesar sobre los viejos adoquines que de forma irregular pavimentan el apestoso callejón. La luna se refleja en charcos de extraña densidad que piso sin preocuparme en mi alocada carrera. El olor a pescado podrido es mucho más fuerte en esta parte del puerto de Innsmouth, tanto que a veces tengo que taparme la nariz para no respirar este aire de insana pestilencia. Las calles, forman giros de imposibles ángulos salidos de una geometría infernal que se van estrechando hasta que las paredes de los viejos edificios de gastado ladrillo parecen tocarse por la parte superior de sus extraños y oscuros chapiteles, tropiezo y caigo al suelo, me levanto rápidamente miro hacia atrás y continuo mi carrera de pesadilla hacia ningún sitio. Las viejas farolas que cuelgan de las paredes como fantasmagóricos brazos apenas reflejan un mísero haz de luz sobre el suelo.

¿Cómo he llegado hasta aquí?, pienso mientras detengo un momento mi carrera para respirar en la entrada de la torre de la iglesia. Esta mañana recibí una carta de mi tío Obed que con un trazo inseguro y muchas palabras ilegibles decía así:

“Innsmouth 12 de noviembre de 1932
Querido sobrino:
Eres mi último familiar que queda sobre la tierra y no tengo tiempo para contarte toda la historia con detalle…(no se entiende)…el proceso ha comenzado, no hay cura ni remedio para ese cambio…(ilegible)…garras y agallas. El Gran Pez …(no se entiende bien, quizás pone Profundos)…hace muchos años, llegaron del mar…(ilegible)…tu abuela …(ilegible)…con ellos. Es la herencia…(ilegible)…No puedo escribir…(ilegible)…membranas…”

Aquí terminaba su carta, estaba seguro de que algo terrible le había pasado a mi tío, estaría afectado por una grave enfermedad y sin nadie que le cuidase estaría sufriendo en el más absoluto abandono. Sin pensármelo dos veces salí con lo primero que llevaba puesto y conduje toda la tarde hasta llegar al costero pueblo de Innsmouth. Otrora un pueblo industrial que basaba toda su economía en la pesca y en su manufactura, hoy un pueblo decadente y en constante abandono.

Llegué al anochecer, todavía con la suficiente y mortecina luz del crepúsculo para divisar al fondo de la vieja carretera el pueblo de Innsmouth. Destacando sobre un mar de abigarrados tejados sucios y negros estaba la ancestral torre de la iglesia, escorada peligrosamente hacia un lado fruto quizás de la irregularidad del terreno, de oscura piedra y rematado por un pequeño campanario con unas oxidadas campanas que tañeron su sonido por última vez lustros atrás. Quizás fue un reflejo de los últimos rayos del sol o producto de mi tensión y cansancio, pero una sombra furtiva pareció deslizarse por un ventanal del campanario.


Aparqué el coche y me dirigí andando por el puerto hacia la casa de mit tío. No se veía un alma andando por la calle, el puerto, que hace años dejó de ser un hervidero de pescadores descargando sus barcas llenas hasta el borde, de trabajadores yendo y viniendo desde las factorías cercanas con sus carretillas atestadas de pescado, de vendedores que gritaban la subasta del pescado…ahora el silencio era sepulcral, el mar, maldito decían los más viejos, apareció un día cubierto por una manta de peces muertos, y desde entonces dejó de dar sus frutos y las aguas se volvieron negras y espesas. El fuerte olor a pescado y a algas putrefactas era casi insoportable. Una espesa niebla llegó repentinamente desde el mar para quedarse flotando, suspendida en jirones de caprichosas y siniestras formas, acelerando la fría oscuridad que se había cernido sobre el pueblo.

No recuerdo en estos momentos cómo llegué al portal de mi tío, la oscuridad y la niebla hacían que tuviera que ir tanteando la pared para finalmente encontrar el asidero de un desgastado pomo de herrumbroso metal. Empujé la puerta y ésta cedió con un lastimero quejido de dolor, cerré y busqué el interruptor de la luz que apareció a mi derecha, lo accioné y una tenue luz se proyecto en la estancia. Delante mía se abría un pequeño recibidor con unas paredes viejas, desconchadas y llenas de negras manchas de humedad. Aquí el olor a pescado podrido era una presencia casi física, tanto que tuve que avanzar tapándome con la mano. Al fondo unas pequeñas escaleras con los viejos y desgastados peldaños de madera conducían hacia la planta superior. Subí los escalones entre un estruendoso crujir de madera, el olor era ya casi insoportable. Llegué ante una puerta de madera hinchada por la humedad y la suciedad de años, era la puerta del dormitorio de mi tío, me encontraba en un estado de exitación nerviosa, un estado que no podía identificar porque aunque mi lado racional pensaba que al abrir la puerta me encontraría a mi tío en la cama sonriéndome y diciéndome que había estado con una fuerte gripe, habitaba un recuerdo primigenio en mí que me negaba esta realidad y presentaba otra más oscura, ésta era la parte que estaba produciendo en mi un paroxismo de miedo a lo que hubiera al otro lado.

Un sudor frío me recorría todo el cuerpo, el olor era ya tal que envenenaba el aire que respiraba. Quería salir corriendo, montar en el coche y huir a toda prisa de este pueblo de pesadilla, pero era mi tío el que estaba dentro. Con una mano temblorosa empujé la puerta hacía adentro. Vomité sobre el sucio suelo, mi cabeza se sumergió por un segundo en el vértigo del abismo,…allí sobre la cama de mi tío estaba postrado un monstruo salido del averno, tenía la constitución de un repugnante sapo, de un color verde casi negro, con brillantes escamas repartidas por el cuerpo; con unos brazos y piernas contrahechos y terminados en unas garras con membranas entre sus dedos. Pero la cabeza, sin duda., se asemejaba más a la de un pez que a la de cualquier otro ser vivo. Tenía unas branquias rojizas que se movían en un repugnante compás y que expulsaban un execrable y denso líquido negro . Sus saltones ojos me miraban fijamente, yo los miré también y me di cuenta de que no miraba a un monstruo…¡estaba mirando a mi tío! En ese momento vinieron a mi mente las palabras de la carta de mi tío…, “garras, agallas, Gran Pez” y sobre todo la que me sumergió en la más obscena de las pesadillas…”herencia”.

Corrí, corrí, sin mirar atrás, hasta que llegué a la base de la destartalada torre de la iglesia. Crucé la puerta y subí los pequeños y sucios escalones de una escalera que vista desde abajo parecía circular, pero que a medida que subía formaba extraños e intrincados ángulos. El sonido del viento se colaba por los resquicios que dejaban las grietas de las paredes, interpretando una macabra melodía. Perdí la noción del tiempo y del espacio; no se cuanto tiempo estuve subiendo, pero finalmente llegué al campanario, desde donde se divisaba el rompiente mar contra el puerto y los malditos tejados de Innsmout. El viento en el rostro me devolvió por un instante la razón, el tiempo necesario para recordar lo que un día me contó mi madre sobre una mujer saliendo una noche furtivamente del pueblo con un niño pequeño en brazos para alejar una maldición innata,…para detener una herencia.